miércoles, 23 de mayo de 2012

Decimocuarto: Epístola

Yo recuerdo que un poco te quise. Y aunque haya sido un rato te entendí mejor que nadie. Se que hoy evitás mirarme a los ojos y le decís a los demás que es porque me detestás. Mentira; no me mirás a los ojos porque te duele saber que no existo más. Ahora me estás leyendo furtiva y estas palabras te despiertan muchas emociones fuertes. No es menos el odio arrebatado que una innegable porción de cariño lo que sentís. Lamento que te hayas expuesto a mí creyendo que ibas a ser correspondida, pero yo no soy el responsable. Tendrás que aprender a vivir con eso, como otros hemos soportado el mismo dolor.

Momento... esto no es una carta de amor, léase objetivamente. Jamás me gustaste más que como una amiga. Vos me quisiste tener de otra forma y al encontraste con un muro que no supiste derribar lo escupiste arrebatada sin pensarlo demasiado, llevando tu maltrato a un extremo insoportable. Al principio te amputé de mi vida con rencor e ignoré con asco todos tus intentos por acercarte. Más tarde se convirtió el rencor en desinterés absoluto, lo que acaso no esperabas y te tomó por triste sorpresa. Así, tu razonamiento apurado te indicó que yo era un hijo de puta y vos la pobre víctima de mi frío y cruel corazón.

Ahora tus amigos son mis amigos y no lo soportás. Me quieren, y yo los quiero todavía más a ellos. No entendés cómo puede estar pasando, si yo soy un hijo de puta que no te quiso: el malo. Mientras leés esto te enervás cada vez más y permitís que te dominen las emociones; quizás hasta te caigan un par de lágrimas por una bronca que vos misma alimentás. Mientras, salís algunas noches notoriamente preocupada por mostrarte superada y con cierto aire bohemio. Esto último me da vergüenza ajena, confieso. Sos una buena persona, pero a veces con ser bueno en este mundo no alcanza... y se te pierde un detalle importante.

Yo soy bueno, pero no soy boludo.

miércoles, 18 de abril de 2012

Decimotercero: Escepticismo

No creo que exista un dios. Pero no hay que ir muy lejos para encontrar el cielo o el infierno. Alguien me dijo que es imposible vivir en este mundo y no sufrir. Esto, que ciertamente no es más que una obviedad, se me antojó en el momento un descubrimiento inesperado, como si nunca lo hubiera sabido. Inmediatamente pensé, me acuerdo, que esa porción de "cielo" podría ser algo disfrazado de un momento en apariencia intrascendente; lo mismo una porción de "infierno".

Cada uno de nosotros tiene, algunos sin saberlo, un paraíso personal. No a la manera del kitsch, aquel que erige el creyente en su terca ceguera irracional (en su profundo terror a la muerte absoluta), sino auténtico. La concepción del mundo y todo lo que hay en él difiere entre cada persona por tener una visión propia y limitada a través de su lente, y de esta forma difiere su porción de cielo. También es el motor del odio y del amor.

Un dios no vería a través de una lente; lo sería todo. Y odiaría.

lunes, 10 de octubre de 2011

La voluntad y su ausencia


Supe desde el principio que no debía llamarlo a Figueroa. Principalmente porque los jueguitos resultan una poderosa distracción y son altamente disuasorios. Desde el momento en que armé una computadora y la puse felizmente en mi cuarto, la cuestión fue de mal en peor. Las cosas importantes, las verdaderas prioridades, son más difíciles de concretar cuando uno es propenso a perder el tiempo en la pc matando zombies o cualquier cosa que se mueva. Es relajante, es entretenido, es fácil, no requiere ningún esfuerzo intelectual y, por todo lo dicho anteriormente, es un peligro. Haber pasado más de cinco juegos largos, y más cuando la temática de esos juegos se enfoca en disparar armas varias, es haber perdido el tiempo de una manera increíble. Uno podría, por ejemplo, estar buscando trabajo. Por lo menos sé que hasta el último centavo invertido salió de mi bolsillo.

Figueroa tiene una pc rebosante de jueguitos, todos ellos con su argumento, algunos extensos y muy bien desarrollados. Le dije que me visitara para ponernos al día (aunque él no tome mate) y de paso que me trajera todos los juegos que tuviera en la casa. Por suerte no fueron muchos porque la mayoría los había devuelto al primo, que vive en una casa ubicada en la loma del orto. Fue así como le sumé 60 Gb de infantilismo a mi pudiente (creo) computadora. Buenos gráficos, todo muy lindo, mucha sangre, muchas armas, soldados, zombies, y la puta que me parió.

Lo peor de todo es que soy plenamente consciente de mi estupidez. No exagero. Quizás alguien piense que no es para tanto, pero es reprochable sabiendo que debería estar estudiando y/o trabajando. Cuando no se tienen ganas de hacer nada, se tienen ganas de sentarse frente al monitor. Hay otra cuestión que me molesta mucho: soy un lector asiduo, pero últimamente estoy estancado. Será común suponer que a muchos les pasa en algún momento… éste es ese momento para mí. El pobre Mujica Lainez me observa ahora con mirada reprobatoria desde un libro con relatos suyos de lectura inconclusa por culpa, digo yo, de Gordon Freeman y el atrapante mundo de Half Life. Pareciera que el muerto me dice que lo lea como antes, que desempolve mis estantes y busque también uno de Borges, que yo siempre disfruté tanto a pesar de no ser extraordinariamente culto. Con el blog me pasa lo mismo: el último posteo fue hace tres meses. Sé que no soy gran escritor pero es algo que me gusta hacer tanto como a ustedes. ¿Quién no se ha visto alguna vez con ganas pero falto de inspiración? Menos mal que me quedan los blogs ajenos para disfrutar.

Cada tanto, mi señor viejo deambula brevemente por el patio y siento sus pasos orientarse hacia mi cuarto. Va a abrir la puerta, quizás, para ver la máquina y consultarme algo acerca de. A veces quiere saciar su curiosidad y me pregunta cómo fue armada, qué tan poderosa es, si tengo buena conexión… Entonces yo me apuro en cerrar el juego de turno con un atajo del teclado, porque él tiene la irritante costumbre de no golpear la puerta. No sea cosa de que me vea boludeando con esto a mis 22 años. Le da vergüenza porque no entiende lo entretenido que puede ser y porque es un hombre que se crió aprendiendo la crudeza de la vida. Sabe que la guerra es terrible, y no comparte el gusto por reproducirla virtualmente. Entonces, de repente, a mí también me da vergüenza estar disfrutando de esto. Preferiría que me encontrara viendo porno... por lo menos se reiría.

martes, 14 de junio de 2011

Duodécimo: Encargada

Me observarás cuando estemos cerca, Sandra, furtivamente. Yo estaré trabajando en alguna parte del sector, vos en tu escritorio y mis eventuales consultas de novato sobre esto o aquello que sé muy bien siempre te irritan. Presto y condescendiente me arrimo para incomodarte, pero algo reparo antes de articular palabra, y es tu extraña cara. Parece una caricatura, es cierto, adecuada tanto para el rigor como para la indulgencia, redonda, estirada todavía a tu edad, con una boca hasta graciosa y ojos achinados.

Ciclotímica, tal vez te sentís respetada porque nadie te discute, pero a tus espaldas pocos dejan de burlarse. ¿Cómo encargarse de dirigir el trabajo si te cuesta, literalmente, llevarte un tenedor a la boca? Acaso conozcas tus limitaciones y confiás en que nadie se de cuenta todavía, pero varios te hemos descubierto.

Veo siempre con un asco leve tu cuerpo hinchado debajo del delantal azul. Yo sé lo que sos aunque me hayas caído bien en un primer momento, Sandra. Mi trato formal disfraza en realidad mis pensamientos pero es necesario si quiero conservar el trabajo un poco más. Quizás en un futuro cercano, cuando me haya hecho mangos suficientes, te mire casi riendo y, con la certeza de que afuera me espera un sol renovado, me saque la cofia y la tire contra tu esporádico maltrato. Entonces seré yo el grosero y no será necesario expresarme como lo hago ahora en este texto, tan ridículamente prolijo. Voy a poder respirar de una vez por todas con sentidas palabras al decirte que sos una gorda de mierda y te podés ir a la recalcada concha de tu madre.

Puta.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Undécimo: Cigarrillos


Yo tengo veintiún años y creo que mis padres todavía no saben que fumo, lo cual es indiscutible evidencia de mi estupidez. En realidad me gustaría decir que no lo saben, pero considero que no existen sobre el planeta padres tan distraídos como para no sospechar, aunque sea un poco, que su hijo fuma. Empecé a los dieciocho como quien dice "a ver", pero en esa época fumaba con ganas… hoy me parece mucho dos cigarrillos por día. Lo que acabo de escribir es bueno.

Cuando uno se acostumbra a darle vueltas al parque Centenario en un valeroso y también ingenuo intento por embellecerse descubre no sin placer que hay otros beneficios. La impresión que tiene el novato a mediano plazo es que los pulmones se fortalecen y el corazón se aleja cada vez más de posibles enfermedades o infartos. Para una persona que estaba acostumbrada a puro fierro esto es todo un descubrimiento, y de los buenos. Antes no podía correr el colectivo; ahora lo corro con ganas y me sobre energía.

La mejor parte viene los viernes o sábados. Entro a un bar, me pido una cerveza y a los cinco minutos tengo un cigarrillo en la boca. Le siento un gusto asqueroso, lo alejo de mi cara para observarlo con minuciosidad y comprobar que es lo mismo que fumaba antes. Otra prueba de mi estupidez es haber tardado tanto en sentirles el verdadero y asqueroso sabor, por eso ahora lo estoy dejando de a poco.

Me parece que voy a probar el faso.

viernes, 18 de febrero de 2011

Décimo: Mate

De pendejo, yo lo veía como una sugestión estúpida. Me negaba a entender lo agradable de la bebida, tan amarga como familiar. Era cosa de grandes, pensaba, así que cuando mi señor viejo se distraía un momento y dejaba la silla, el televisor, la pava, la mesa y demás por acción de algo que ignoro, yo me sentaba en su lugar. Ya con el mate lavado y frío buscaba azúcar en la cocina para ponerle a gusto, lo que por supuesto eran toneladas… sino no era rico. Quizás le tomé el gusto como quien le roba un cigarrillo a la tía y se termina convirtiendo en un fumador empedernido.

Siempre digo lo mismo, lo admito, pero es cierto: no se en qué momento me transformé en una persona que escucha los Beatles, se deja la barba y toma mate incluso en soledad. Todas esas cosas van en contra de lo que muchos me habrán considerado alguna vez. Aunque ya no me deje la barba me sigo descubriendo, solo, frente al monitor y contento con un termo nuevo para cebar mis mates amargos. Amargos, encima, qué hijo de puta. El termo es muy bonito, a veces me asusta lo fácil que soy.

La influencia de los amigos no es omisible, porque más de uno es un poco hippie, y más de uno me ha empujado hacia el sano vicio. Ahora estoy del otro lado, como me pasó con los Beatles. Me aburre escuchar a la gente que considera tarados y poco originales a quienes toman mate, estando tan seguros de que su crítica sí es original. No me perdono haber pertenecido a esa clase. Pasaron más de diez años desde que yo le robaba mates a padre; ahora los tomo oficialmente.

A veces lo tomo dulce porque soy maricón.

lunes, 31 de enero de 2011

El retorno del metal


La  fortuita recomendación vino de Papa. Lo apodaron así años atrás, no por alguna poco agraciada característica física, sino más bien como abreviatura de su apellido. Yo estaba buscando hacía tiempo, y sin suerte, gimnasios baratos por el barrio. No le dolía menos a mi orgullo que a mi bolsillo pagar $140 por mes, recordando una época en la que pagaba menos de la mitad. Habrá sido un gimnasio barrial, mediocre, es cierto, pero también eficiente y accesible. Cierto que todo aumenta.

Gracias al azar de un sábado cualquiera, caí en casa de Papa como compañía de algún amigo suyo. Le comenté que estaba queriendo retomar los fierros que había abandonado tres años atrás. Supe entonces que no hacía mucho él se había encariñado con las pesas en un gimnasio por la zona, que tenía dos mancuernas en su habitación, y que me estaba por decir algo bueno. Papa ya no usa anteojos gruesos, así que distinguí sus lentes de contacto en el instante preciso en que me alegró con la buena: bajo precio, excelente ventilación, poca gente y lugar escondido. Lo comprobé con una sonrisa más tarde.

Como somos tremendos maricones decidimos entrenar juntos. Mi hermano Agustín, hermético, cerrado casi autista, empezó a mi lado su rutina. Agustín se comunica con monosílabos y así responde a las recomendaciones del profesor. Tiene una mirada preocupada y suele acompañar sus ejercicios con un gesto extraño, acaso de inseguridad. Él no sabe que en realidad parece un pez en el agua y que con el tiempo se llevará bien con el duro metal. Concurre además Enjo, quien tiene espantosa facilidad para hacer reír a cualquiera que esté levantando más de cincuenta kilos en el banco plano. También son graciosas las caras que pone y  contagiosa su risa. Es un peligro.

La primera vez que fui me crucé con el profesor… que no parecía profesor. Juzgué un poco excesivo que el tipo pretendiera en mi primer día una apertura en banco inclinado con tanto peso por lado, habiéndole aclarado que había pasado tiempo desde la última vez. Lo hice de todas formas; al otro día no podía rascarme la espalda a causa del dolor. No hay problema, porque entonces recordé cuánto me agrada ese dolor como señal de progreso. Puede corregirme alguien más experimentado, pero siempre lo sentí de esa manera.

A esta altura del texto ya va siendo momento de declarar que voy más al gimnasio en un intento por quemar grasa que por ganar masa muscular. Además me hago el atleta todas las tardes de la semana trotando en el perímetro del parque Centenario con Ariel y Gabriela. El primero es un sobresaliente jugador de fútbol… pero Gabriela es tan fumadora como adicta al Fernet, por lo que me siento un poco identificado con ella. Cuando me agoto un poco me siento menos gordo, casi una persona linda, y entonces vuelvo a casa.

Siempre habrá alguien que afirme rotundamente, como un vecino conversador en su esporádico encuentro, que uno está más flaco. Es una piadosa mentira, sabemos ya, para evitar el incómodo silencio, a veces tan eficaz como hablar del calor que está haciendo en la ciudad, del perrito que está paseando o de la puta madre que lo parió. Yo prefiero ser sincero conmigo mismo. De nada sirve engañarse con estúpidos optimismos y una filosofía de vida conformista frente a cosas que se pueden cambiar con una mínima cuota de esfuerzo. Por eso mismo, cuando me miro al espejo me digo que no estoy tan bien como quisiera… pero también me digo “fuerza gordito, esto se arregla”.