Yo recuerdo que un poco te quise. Y aunque haya sido un rato te entendí mejor que nadie. Se que hoy evitás mirarme a los ojos y le decís a los demás que es porque me detestás. Mentira; no me mirás a los ojos porque te duele saber que no existo más. Ahora me estás leyendo furtiva y estas palabras te despiertan muchas emociones fuertes. No es menos el odio arrebatado que una innegable porción de cariño lo que sentís. Lamento que te hayas expuesto a mí creyendo que ibas a ser correspondida, pero yo no soy el responsable. Tendrás que aprender a vivir con eso, como otros hemos soportado el mismo dolor.
Momento... esto no es una carta de amor, léase objetivamente. Jamás me gustaste más que como una amiga. Vos me quisiste tener de otra forma y al encontraste con un muro que no supiste derribar lo escupiste arrebatada sin pensarlo demasiado, llevando tu maltrato a un extremo insoportable. Al principio te amputé de mi vida con rencor e ignoré con asco todos tus intentos por acercarte. Más tarde se convirtió el rencor en desinterés absoluto, lo que acaso no esperabas y te tomó por triste sorpresa. Así, tu razonamiento apurado te indicó que yo era un hijo de puta y vos la pobre víctima de mi frío y cruel corazón.
Ahora tus amigos son mis amigos y no lo soportás. Me quieren, y yo los quiero todavía más a ellos. No entendés cómo puede estar pasando, si yo soy un hijo de puta que no te quiso: el malo. Mientras leés esto te enervás cada vez más y permitís que te dominen las emociones; quizás hasta te caigan un par de lágrimas por una bronca que vos misma alimentás. Mientras, salís algunas noches notoriamente preocupada por mostrarte superada y con cierto aire bohemio. Esto último me da vergüenza ajena, confieso. Sos una buena persona, pero a veces con ser bueno en este mundo no alcanza... y se te pierde un detalle importante.
Momento... esto no es una carta de amor, léase objetivamente. Jamás me gustaste más que como una amiga. Vos me quisiste tener de otra forma y al encontraste con un muro que no supiste derribar lo escupiste arrebatada sin pensarlo demasiado, llevando tu maltrato a un extremo insoportable. Al principio te amputé de mi vida con rencor e ignoré con asco todos tus intentos por acercarte. Más tarde se convirtió el rencor en desinterés absoluto, lo que acaso no esperabas y te tomó por triste sorpresa. Así, tu razonamiento apurado te indicó que yo era un hijo de puta y vos la pobre víctima de mi frío y cruel corazón.
Ahora tus amigos son mis amigos y no lo soportás. Me quieren, y yo los quiero todavía más a ellos. No entendés cómo puede estar pasando, si yo soy un hijo de puta que no te quiso: el malo. Mientras leés esto te enervás cada vez más y permitís que te dominen las emociones; quizás hasta te caigan un par de lágrimas por una bronca que vos misma alimentás. Mientras, salís algunas noches notoriamente preocupada por mostrarte superada y con cierto aire bohemio. Esto último me da vergüenza ajena, confieso. Sos una buena persona, pero a veces con ser bueno en este mundo no alcanza... y se te pierde un detalle importante.
Yo soy bueno, pero no soy boludo.